La tecnología que ya teníamos

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La tecnología que ya teníamos

-Por Elsie Ralston-

Preguntas equivocadas

Hay una conversación global sobre inteligencia artificial que se ha vuelto rutina en los últimos años, y que ocurre casi sin excepción en inglés: cuestionar si esta tecnología es buena o mala, si vale lo que cuesta o si es una burbuja, si va a sustituir el trabajo humano o si lo va a transformar. Es una conversación legítima, pero parcial. Desde el Sur, esta conversación tiene un problema más profundo que el del idioma: presupone que la pregunta clave es si esta tecnología nos conviene. Pero es un punto de partida que en gran medida no aplica para el Sur Global.  

Podríamos decir que nuestra pregunta es otra y es más vieja. La venimos rumiando desde antes de que la inteligencia artificial generativa fuera un producto de consumo, desde antes de que los modelos de lenguaje aprendieran a redactar emails, y desde mucho antes de que tres empresas estadounidenses se convirtieran en la infraestructura básica donde el mundo digital “progresa”. Nuestra pregunta es bajo qué condiciones una tecnología entra a nuestros territorios. Quién define esas condiciones. Qué se nos pide entregar a cambio, y qué tecnologías quedan invisibilizadas en el proceso, no porque hayan dejado de existir, sino porque dejamos de llamarlas así para admirar y comprar las nuevas. 

Lo que ya estaba pasando

La IA generativa no es la primera tecnología que llega al Sur prometiendo modernización y dejando dependencia. El ferrocarril, el telégrafo, la agroindustria, el microcrédito, las plataformas digitales: cada una llegó con su retórica propia de inevitabilidad, cada una se instaló bajo términos que no negociamos, y cada una rediseñó la relación entre nuestros territorios y los centros que producen valor a partir de ellos. La IA es la última capa de un proceso que tiene siglos.

Aníbal Quijano nombró este proceso como colonialidad del poder: la idea de que las jerarquías que estructuran el mundo moderno —raza, trabajo, conocimiento, recursos— no se acabaron con las independencias formales del siglo XIX, sino que se reorganizaron. Cambiaron de vocabulario, de instituciones, de tecnologías. Pero la estructura permaneció: hay regiones del mundo cuya función en el sistema es producir materia prima, y hay regiones cuya función es procesarla, transformarla en producto, y vendérnosla de vuelta. 

Aníbal Quijano, sociólogo y teórico político peruano, fue una de las voces clave en la teoría decolonial. Su concepto de colonialidad del poder esclarece cómo el colonialismo siguió operando en nuestras formas de pensar, diseñar y habitar el mundo, más allá de los procesos independentistas de América Latina. Foto durante una entrevista y en la XI conferencia de CLACSO.

La misma pregunta vale cuando la trasladamos al presente. Si en el primer trimestre de 2026, Amazon Web Services, Microsoft Azure y Google Cloud concentran más del sesenta por ciento del mercado global de infraestructura cloud, ¿qué significa exactamente que un modelo de IA esté "abierto" o "disponible" para América Latina? La materia prima de estos modelos —datos, voces, lenguas, imágenes producidas por nosotras y nosotros— viaja hacia el norte. La capacidad de procesarla queda allá. El producto regresa empaquetado y con condiciones de uso que aceptamos porque no leerlas es la única manera de seguir trabajando. La asimetría no es nueva; es la misma estructura extractiva, del caucho, de la plata de Potosí, del oro de Choropampa, del guano... Lo que cambia es el material extraído, no la dirección sur-norte del flujo. 

La pregunta no es abstracta

En 2019, la Secretaría de Cultura de México le escribió una carta pública a la casa de moda Carolina Herrera, exigiendo que explicara bajo qué fundamentos su colección incorporaba bordados de las comunidades otomí de Tenango de Doria en Hidalgo, motivos florales del Istmo de Tehuantepec en Oaxaca, y patrones del sarape de Saltillo, en Coahuila. La carta no preguntaba si los bordados eran bonitos o le hacían algún favor al comercio mexicano. Preguntaba quién había dado permiso, quién recibía beneficio económico, y por qué las comunidades de origen no aparecían acreditadas en ningún material de la marca. El director creativo de la marca respondió que la colección era un "homenaje al patrimonio cultural mexicano". La respuesta no resolvió la pregunta: la esquivó. Porque la pregunta nunca fue si la intención era buena. La pregunta era bajo qué condiciones estaban usando el trabajo de las comunidades sin su participación en la toma de decisiones.

Ese caso ocurrió antes de que la IA generativa fuera tema de conversación masiva. Pero de nuevo, la estructura es exactamente la misma, solo cambia la escala: un modelo de lenguaje entrenado con literatura latinoamericana, voces indígenas, archivos digitalizados de la prensa de nuestros países, será capaz de producir, en cinco años o en diez, contenido en castellano andino, en aymara, en náhuatl. Y será capaz de venderlo. La pregunta ya no es si esos modelos deben existir  (ahí los vemos ya instalados), la pregunta es bajo qué protocolos deben entrenarse, con qué consentimiento de las comunidades que producen el material de base, con qué retorno material para ellas, y con qué garantía de que el modelo no termine, eventualmente, como producto pago de una empresa que cobre por reconocer la propia lengua de quienes la donaron. Esa es la negociación que estamos largamente atrasados en tener. No es una pregunta tecnológica: es una pregunta política sobre soberanía cultural y de datos.

Lo que ya teníamos

Hay otra capa de la pregunta, y es la que da título a este texto.

Las comunidades del Sur ya teníamos tecnologías antes de que llegara la palabra. Sistemas de riego andinos que sostuvieron civilizaciones enteras sin acueductos romanos. Los quipus como sistemas de registro y comunicación capaces de almacenar información administrativa, contable y posiblemente narrativa. Textiles como infraestructuras de transmisión de conocimiento, donde cada patrón, cada combinación de colores, cada repetición codifica memoria colectiva. Cartografías orales que mapean territorios con precisión que las herramientas satelitales todavía no terminan de igualar. Sistemas medicinales basados en taxonomías vegetales que hoy estudia, vuelve a estudiar, y patenta la industria farmacéutica global.

Los quipus (khipu en quechua) son uno de los legados más fascinantes de las civilizaciones andinas (especialmente los incas). Sus simples cuerdas simbolizaban complejos sistemas tridimensionales de almacenamiento de información hechos de algodón o fibra de camélido, que permitieron administrar el imperio de los incas.

Llamar tecnología solo a lo que produjeron las últimas décadas en el Norte Global es una decisión política, no técnica. Llamar artesanía, costumbre o folclor a la innovación venida del Sur, es una práctica más del orden colonial. Define qué cuenta como innovación, qué cuenta como insumo, qué cuenta como propiedad intelectual, y qué se categoriza como "saber tradicional" —una etiqueta que podría sonar respetuosa, pero que en la práctica designa todo aquello que el sistema considera disponible para ser extraído sin compensación, o sin igualdad de oportunidades, constituyendo relaciones desiguales e instalando pobreza donde milenariamente hubo bienestar.

Rita Segato describe los actos que transmutan lo vivo en cosa, como pedagogías de la crueldad. La fórmula sirve para pensar más allá del cuerpo, su objeto original. La extracción de datos sin consentimiento, el entrenamiento de modelos con producción cultural ajena, la captura de lenguas indígenas como materia prima para sistemas de reconocimiento de voz que después se venden de vuelta a las propias comunidades: todas son operaciones que convierten lo vivo —la voz, la palabra, la memoria— en cosa cuantificable, vendible, optimizable... La diferencia con las extracciones materiales del siglo XX es que esta vez la materia prima la producimos nosotros mismos, en tiempo real, sin saberlo, cada vez que escribimos, publicamos, o simplemente nos comunicamos.

Rita Segato es una escritora, antropóloga, etnomusicóloga y activista feminista argentina residente en Brasilia y Tilcara. Es profesora emérita de la Universidad de Brasilia y una de las teóricas decoloniales y feministas más influyentes del mundo. A través de sus investigaciones, se dedica a desentrañar las raíces estructurales de la violencia de género, el racismo y el colonialismo en América Latina.

Volviendo a la pregunta entonces… No ponemos en duda si adoptamos la IA. Pero nos toca cuestionar qué tecnología ya teníamos y dejamos de llamar así, aunque todavía está acá esperando que volvamos a nombrarla. 

Las condiciones

No está en disputa la tecnología en sí. Cuestionamos quién diseña las condiciones bajo las cuales entran la IA y cualquier otra tecnología a nuestros territorios. Encontrar la respuesta pasa por construir infraestructuras críticas, no por consumir más rápido, rechazar por principio, o esperar de brazos cruzados que lleguen los marcos regulatorios europeos a América Latina, como también suele pasar.

Construir esa infraestructura pasa por generar archivos que no dependan de plataformas que pueden cerrar mañana. Datasets producidos con el consentimiento de las comunidades que los generan y con retorno material para ellas. Lenguas indígenas como parte de la conversación tecnológica, no como contenido decorativo o estrategia de expansión de mercado. Comunidades de práctica que negocien colectivamente los términos de uso, en lugar de aceptarlos individualmente cada vez que abrimos una app. Marcos éticos producidos desde las geografías afectadas, no traducidos desde Bruselas o Copenhague.

El Sur no tiene que decidir si la IA es conveniente, eso se decidió por nosotros ya. La pregunta que sigue abierta es la misma que arrastramos hace siglos: bajo qué condiciones una tecnología entra a nuestros territorios. Y esa decisión no la van a tomar los marcos europeos, tampoco los proveedores de infraestructura cloud, o las cumbres de gobernanza global. La van a tomar quienes se atrevan a hacerse la vieja pregunta otra vez, a conectar los puntos, comunidades y personas que estamos dispuestos a trabajar por ello. 


Referencias


Sobre Elsie

Estratega peruana radicada en Copenhague, Dinamarca. Tiene más de una década de experiencia en la gerencia de proyectos de desarrollo e incidencia política, y más de 8 años como consultora en diseño estratégico, desarrollo de productos digitales, comunicación, recaudación de fondos y RRPP. Ha trabajado junto a organizaciones de América Latina y Europa impulsando iniciativas en educación, respuesta humanitaria, inclusión financiera, empoderamiento comunitario y, más recientemente, en la ética y el uso responsable de las tecnologías digitales. Es Co-fundadora y Directora Ejecutiva de Sur Global, donde diseña experiencias educativas y proyectos de consultoría que crean comunidades de aprendizaje comprometidas con la innovación responsable. Además, es Directora Editorial de la revista UNTOLD.ink, dedicada a explorar nuevas narrativas sobre futuro, territorio y conocimiento.

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