La mano que mueve la pluma

Sobre escritura a mano, modelos de lenguaje y quehacer literario. Algunos apuntes en torno a la novela “El discurso vacío” de Mario Levrero. ¿Qué nos puede decir el autor uruguayo sobre la escritura creativa en tiempos de Inteligencia artificial?

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La mano que mueve la pluma

Por Carlos Fuller Maúrtua

Un hombre se propone un proyecto delirante. Lo denomina terapia grafológica e implica realizar diariamente una serie de ejercicios de escritura a mano. En primera instancia, espera mejorar una caligrafía que, nos cuenta, se ha vuelto tan ilegible que ni él mismo descifra lo que escribe. El objetivo último es más ambicioso. La premisa de esta terapia es que existe una relación entre la letra y los rasgos del carácter; entonces, si se logra mejorar la letra, quizás se logre cambiar “otras cosas en una persona”. Se dice en el texto: “estoy seguro de que este ejercicio cotidiano contribuirá a mejorar mi salud y mi carácter, cambiará en buena medida una serie de conductas negativas y me catapultará gozosamente hacia una vida plena de felicidad, alegría, dinero”. 

El hombre quiere lograr una especie de escritura automática en la que importa menos el contenido que la forma, procurando mantener su atención en el dibujo de las letras. “Ahora, a prestar atención al dibujo de cada letra. Dibujo de cada letra. Dibujo de cada letra. Sin apuro. ¿Pero cómo carajo era que se escribía la S mayúscula? S. L. §. &. No hay caso”, dice en una entrada fechada el 30 de septiembre. Porque a eso accedemos nosotros, los lectores de El discurso vacío: a la reproducción de las páginas de un cuaderno manuscrito. Y a todo lo que pasa por la mente de su autor, el uruguayo Mario Levrero, mientras escribe: sus errores, sus distracciones, sus ensueños; sus observaciones sobre la firmeza de su mano al escribir o lo difícil que se le hace dibujar una determinada letra. Entre fragmento y fragmento, nos irá contando sobre su estado de ánimo y su situación actual. En ciertos momentos, y de una forma casi inexplicable, esos ejercicios se convertirán en algo distinto. En literatura. 

Homenaje a Mario Levrero, 2014. Foto cortesía de Fernando da Rosa. 

Apuntes al margen

 Ahora que vivimos lo que el filósofo francés Éric Sadin ha llamado “el giro intelectual y creativo de la tecnología”, y que consiste en una delegación masiva de nuestro pensamiento y formas de expresión a grandes modelos de lenguaje; ahora que, como reportó el New York Times, proliferan autores como Bill Johns, un estadounidense que escribe alrededor de 10 libros por semana con la ayuda de ChatGPT y que ya tiene más de cuatrocientos títulos autopublicados en Amazon; ahora que se ha descubierto que el gigante tecnológico Anthropic impulsó de manera secreta el Proyecto Panamá, una iniciativa que implicó el escaneo y destrucción de miles de libros antiguos para entrenar a su modelo de lenguaje Claude; ahora que hemos llegado a un punto en que las llamadas inteligencias artificiales pueden escribir poemas que imitan el estilo de Emily Dickinson o Silvia Plath con tanta exactitud que pueden engañar al lector común; en fin, ahora que vivimos en este mundo delirante, se me ocurre que El discurso vacío de Mario Levrero nos puede decir algo sobre la vigencia de la escritura creativa realizada por humanos.

Mi argumento va más allá de la técnica narrativa, un aspecto que —lo muestra un estudio de la universidad de Cambridge— puede ser replicado de manera muy eficaz por los grandes modelos de lenguaje, al punto que muchos humanos la prefieren. Lo de Levrero poco tiene que ver con proeza formal, con “escribir bien”. De hecho, El discurso vacío está muy lejos de tener una trama bien definida, un conflicto poderoso, un giro argumental estratégico o cualquier otro elemento relacionado a eso que hoy llamamos storytelling efectivo.

Vayamos al libro. En las primeras páginas, nos encontramos con una advertencia que pretende establecer las coordenadas de lectura de la novela. Hay dos grupos de textos. El primero es una serie de ejercicios caligráficos escritos sin mayor intención; el otro grupo está compuesto por entradas de diario que se han agregado en un segundo momento y que, nos cuenta el autor, tienen una “intención más literaria”. Desde el principio, Levrero marca la pulsión documental de su proyecto, quiere que asociemos al narrador con él mismo (el autor), y en ello radica buena parte de la potencia del texto. Porque solo funcionará en la medida que nosotros, sus lectores, nos imaginemos al ser humano Mario Levrero mientras atraviesa por esa experiencia de escritura artesanal.

Sabemos que el narrador tiene una esposa a la que muestra los ejercicios, sabemos que esa mujer tiene un hijo, sabemos que viven en una casa con un perro y un gato; y que todos estos personajes —¿antagonistas?— son los principales obstáculos de su proyecto debido a las constantes interrupciones que provocan en su escritura (llama a estas interrupciones la causa principal de su “lamentable estado psíquico”). No son las únicas distracciones de las que es objeto. Hay una mudanza que le produce una “carga de stress y ansiedad” muy grande. Hay un ataque cerebral sufrido por su madre que lo obligó a dejar el diario por un tiempo. Pero todos estos acontecimientos son empujados deliberadamente a los márgenes de los textos, a un segundo plano. Quiere evitar que sus ejercicios de escritura se conviertan en ejercicios narrativos, en literatura. Lo que él desea es que su discurso permanezca vacío. Quiere concentrarse en la caligrafía porque ese es el camino para mejorarse a sí mismo. “Debo caligrafiar. De eso se trata. Debo permitir que mi yo se agrande por el mágico influjo de la grafología. Letra grande, yo grande. Letra chica, yo chico. Letra linda, yo lindo”, dice en la entrada del 28 de octubre.

El “yo” está en el centro de este libro y en el centro de la última etapa de la obra de Mario Levrero. En este texto del año 1996 —como en la nouvelle Diario de un canalla o en su monumental La novela luminosa— se propone un abordaje de la escritura como búsqueda de uno mismo; como una manera de encontrarse cuando se está, en última instancia, perdido. Y el “yo” también aparece en el que quizás sea el pasaje central del libro, uno que se acerca a una filosofía personal, a una poética: “Cree la gente, de modo casi unánime, que lo que a mí me interesa es escribir. Lo que me interesa es recordar, en el antiguo sentido de la palabra (=despertar). (...) La gente incluso suele decirme: ‘Ahí tiene un argumento para una de sus novelas’, como si yo anduviera a la pesca de argumentos para novelas y no a la pesca de mí mismo”.

Escrituras artesanales

Como alguien que enseña cursos de escritura creativa, siempre he procurado transmitir que este es un oficio lento. Implica un proceso largo en el que uno pone una palabra después de la otra y en el que, como sostiene el norteamericano George Saunders, solo la propia molestia con lo ya escrito nos obliga a reescribir y a llevar el texto a un mejor nivel. Me fascina la idea, planteada por la argentina Samanta Schweblin, de que cada oración despierta algo en la imaginación del lector y que el trabajo de quien escribe es intuir hacia dónde va esa imaginación, como los pasos de un baile improvisado. Creo, como creía Gertrude Stein, que la escritura creativa es un acto de descubrimiento en el que lo que hay que descubrir es aquello que uno tiene dentro. Y que si ese proceso sale más o menos bien, puede pasar aquello que postulaba Felisberto Hernandez, otro uruguayo “raro”: que de pronto, en algún lugar de ese texto, florezca algo del orden de lo milagroso y de lo inexplicable. 

Woman writing a letter, with her maid, por Johannes Vermeer.

Es porque creo en todas estas cosas que la irrupción de la inteligencia artificial en los procesos creativos, de la que hemos sido testigos desde 2022 —con el lanzamiento de ChatGPT— me ha dejado en cierto estado de estupor; como supongo que le habrá ocurrido a cualquier persona que dedica su tiempo a poner palabras en una página. Hay algo de demoledor en el hecho de que este proceso que toma tanto tiempo, que puede ser frustrante, que implica probar cosas, equivocarse, perderse, llegar a callejones sin salida, puede ser realizado en segundos por un modelo de lenguaje. Lo hará mejor, lo hará peor, pero lo puede hacer.

¿En dónde queda nuestra escritura artesanal en este nuevo contexto? Lo conversaba hace unos meses con Jorge Carrión, escritor, creador de podcasts, director del Máster en Creación Literaria de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona, y autor de Los campos electromagnéticos, el primer libro en español escrito en coautoría con una inteligencia artificial. Según me comentó —en una entrevista de próxima publicación en la revista española Zun— ahora mismo nos encontramos frente a dos ecosistemas paralelos, “uno alterado y que ha mutado por las plataformas y la tecnología, y otro que se mantiene muy fiel al patrón clásico de lo literario”. Para Carrión, la IA está encontrando su terreno en lo que se conoce como slop o mierdificación de la cultura. “Que es responsabilidad humana y que ha sido creada por humanos durante décadas. En la novela más comercial, en la novela menos sofisticada, en el libro de ensayo más formulaico; en esos espacios ya se está escribiendo con IA, reconociéndolo o no. Y es lo que más vende”, agrega.

Eso por ahora, en el actual estado de cosas. Sin embargo, según Carrión, la situación podría cambiar en el futuro. “Evidentemente, al ritmo de innovación y de progreso en el que nos encontramos, llegará una IA que pueda escribir literatura”, sostiene. “Porque, finalmente es un problema. Y nosotros, como especie, nos hemos dedicado durante toda la historia de la cultura a solucionar problemas, somos muy buenos en ello”.

Un dato de contexto: a raíz de la irrupción de la IA, Carrión ha comenzado a escribir sus libros a mano.

El alma y el cuerpo

 En una entrevista reciente, la escritora argentina Gabriela Cabezón Cámara sostuvo que la inteligencia artificial está perfectamente capacitada para contar una buena historia, porque ya ha sido entrenada —sea de manera lícita o no— con los trabajos de los mejores teóricos de la literatura, con los textos de los grandes escritores de la historia. “¿Mis novelas quién te las dio? A ver si yo voy y te saco a vos dos monedas, a ver qué pasa. Andá a sacarle un dólar a Elon Musk”, reclamó. Al responder sobre el futuro de la escritura, la autora aprovechó para reivindicar nuestra humanidad; habló del cuerpo y del sentimiento. “Lo que no van a poder hacer es generar una respiración nueva a la prosa, es jugar con la lengua de la manera en que lo haría un ser humano, porque no los atraviesa la carne, porque no tienen deseo”.

Porque no saben cómo duele un cuerpo cuando está enfermo, podría añadir. Porque no se han sentido cansados ni se han sentido perdidos. No han visto envejecer a los suyos. No saben cuánto pesa un pasado. No se han equivocado en la vida. Ni han sentido esperanza ni han sentido estupor ni han mirado un abismo.

No saben qué es sostener una pluma. No saben qué es presionar una tecla. 

Man Writing a Letter, Gabriel Metsu. 

La pesca de uno mismo

En la entrada del 22 de septiembre, el narrador de El discurso vacío se da cuenta de que aquel día sería el cumpleaños de su madre, que ya lleva cinco semanas muerta. Nos cuenta que ha ido al cementerio, algo que no acostumbra, pero que este es un caso especial. Primero, porque “la madre de uno es siempre una persona muy especial” y también porque “hay razones reales” por las que ha nacido en él cierto sentimiento de culpa (aunque no nos dice cuáles son). Esta es una culpa que, agrega, ha intentado eludir “mirando películas en cantidades exageradas y evadiéndome de mí mismo por variedad de otros medios”. Esta es una de las pocas referencias concretas que se hace al asunto de su madre, que se menciona muy brevemente al inicio del libro. Parece haberla eludido a lo largo de todo el relato.

La novela no durará mucho más. No podría durar más. Porque hemos llegado a un punto de no retorno. Algo se ha revelado ante los ojos del narrador y lo ha transformado para siempre. Solo habrá lugar para un breve epílogo en el que ensayará algunas últimas oraciones. Dirá que, al llegar a cierta edad, uno deja de ser el protagonista de sus acciones (“todo se ha transformado en puras consecuencias de acciones anteriores”), que lo que uno ha sembrado en el pasado ha crecido como una selva.

“Sin embargo, hoy vi, hacia la caída del sol, el reflejo de unos rayos rojizos del sol en unos ladrillos de cerámica barnizada, y me di cuenta de que aún estoy vivo, en el verdadero sentido de la palabra, y de que aún puedo llegar a situarme en mí mismo: todo es cuestión de encontrar cierto punto justo [...] no puedo evitar la maraña de consecuencias, no puedo pretender ser el protagonista, otra vez, de mis acciones, pero sí me es posible rescatarme dentro de esas nuevas pautas, aprender a vivir otra vez, de otra manera”.

Poco después termina el texto. Lo que sigue es la vida.


Imagen de portada cortesía de Carlos Fuller

Sobre Carlos

Carlos Fuller Maúrtua (Lima,1990). Escritor, periodista y docente. Máster en Creación Literaria por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y Máster en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Complutense de Madrid. Es autor de la novela Caen los colibríes (Colmillo Blanco, 2021) y co-autor del libro de crónica y fotoensayo Casa de Todos: rostros de la calle en Plaza de Acho (Editorial UPC, 2020). Sus textos de ficción y no ficción se han publicado en revistas como Ojo Dorado, Soho, Quimera Revista Literaria, Revista Mercurio, y en antologías como Nuevas Emergencias (Candaya, 2023).

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