Tecnología sin universales:

Tecnología sin universales:

La apuesta por las cosmotécnicas 

-Por Óscar Bodí Pons-

Cuando hablamos de inteligencia artificial, solemos hacerlo en singular: la IA, el futuro, el progreso. Esa aparente neutralidad del artículo determinado esconde, sin embargo, una operación filosófica y política de enorme alcance. El filósofo hongkonés Yuk Hui lleva años analizando esa lógica, y su diagnóstico es muy claro: la tecnología contemporánea no es un fenómeno universal y neutro, sino la continuación de un proyecto muy concreto —el de la Ilustración occidental— que se ha convertido en su propia filosofía. 

El universalismo tecnológico como herencia euro-colonial 

La tesis central de Hui parte de una observación aparentemente sencilla: la tecnología moderna no surgió en el vacío. Emergió dentro de una tradición filosófica específica que organizó el mundo bajo categorías como razón, progreso y sujeto universal. Esa tradición —la Ilustración europea— no fue solo un movimiento intelectual; fue también el marco conceptual que legitimó la expansión colonial de Occidente, la imposición de su temporalidad como la temporalidad de todos. 

Lo que hoy llamamos tecnología —y en particular la inteligencia artificial— hereda esa lógica. Cuantifica, optimiza y predice bajo la suposición de que existe una racionalidad única, aplicable a todos los contextos y culturas. Por ejemplo, los llamados credit scoring, son modelos que evalúan la solvencia de una persona a partir de su historial crediticio formal o sus transacciones bancarias documentadas. El problema es que esa métrica no mide la racionalidad económica universal sino que mide una racionalidad muy concreta, la del individuo integrado en el sistema financiero occidental. 

En América Latina, el 41,67% de los adultos no tiene acceso a una cuenta bancaria, según los datos del Global Findex para 2021, pero no son personas sin economía: son personas cuya economía transcurre en otros registros. Por ejemplo, en gran parte de África y América Latina existen sistemas de crédito colectivo de larga tradición —las tontines en el contexto africano, o las tandas y cundinas en México y Colombia— en los que grupos privados de ahorradores contribuyen sumas periódicas y cada participante dispone, por turno, del capital acumulado, financiando así inversiones que el banco nunca reconocería.

Estos sistemas implican valores como la confianza, reciprocidad o temporalidad que son radicalmente distintos a los que priorizaría un algoritmo de scoring. Por lo tanto, el algoritmo es incapaz de leer economías que funcionan bajo otra lógica. Y esa incapacidad se convierte, de hecho, en exclusión. En este sentido, la IA no es el fin de la Ilustración, como llegó a sugerir Henry Kissinger en un artículo de 2018. Para Hui, la Ilustración no ha terminado: simplemente ha encontrado en la tecnología su forma más potente y difusa de operar.

El concepto de cosmotécnica

Frente a este diagnóstico, Hui propone una salida que no pasa por rechazar radicalmente la tecnología, sino por pluralizarla. Y aquí entra en juego su concepto más original: la cosmotécnica

Una cosmotécnica no es simplemente una técnica local o tradicional. Es la forma en que una cultura articula su relación con el cosmos —con el orden del mundo, con los seres no-humanos, con el tiempo— a través de sus prácticas técnicas. No toda tecnología responde a la misma lógica ni persigue los mismos fines. La tecnología taoísta, por ejemplo, no organiza el mundo de la misma manera que la tecnología cartesiana; el modo en que ciertas culturas amazónicas se relacionan con el entorno a través de sus herramientas implica ontologías radicalmente distintas a las que presupone un algoritmo de optimización. 

Reconocer esto no es un ejercicio de nostalgia ni de primitivismo romántico. Es un gesto filosófico y político: negar que exista una sola forma válida de articular técnica y mundo. Si la colonización fue, entre otras cosas, la imposición de una cosmotécnica sobre otras —la destrucción de modos de conocer y relacionarse con el entorno—, entonces la descolonización tecnológica pasa por recuperar la posibilidad de pensar la técnica en plural. 

Hay una dimensión particularmente sutil en la crítica de Hui que merece atención: la del tiempo. La modernidad occidental no solo universalizó la razón; también universalizó una temporalidad. Concibió la historia como una línea de progreso con Occidente en la vanguardia, hacia la cual todas las culturas debían converger. La tecnología hereda esta estructura temporal: hay un estado del arte, una frontera del desarrollo, un único frente de avance al que todos deben incorporarse o quedarse atrás. 

Las cosmotécnicas interrumpen esta linealidad. Proponen que el tiempo tecnológico puede ser múltiple, que existen bifurcaciones y que no toda innovación tiene que orientarse hacia el mismo horizonte. Esto no significa renunciar al desarrollo técnico, sino liberarlo de la teleología implícita que lo secuestra.

La urgencia política de imaginar de otro modo 

En el fondo, la propuesta de Hui es una apuesta por la imaginación. Una imaginación tecnológica que no reproduzca automáticamente los valores y las categorías del proyecto que causó buena parte de los problemas que hoy queremos resolver con más tecnología. No se puede salir de una lógica utilizando los únicos conceptos que esa lógica pone a disposición. 

Por ejemplo, desde 2017, el proyecto Amazonía 2.0, impulsado por la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada (RAISG), utiliza herramientas digitales de monitoreo —imágenes satelitales, aplicaciones móviles, visualizadores geográficos— para que comunidades indígenas de seis países amazónicos protejan sus propios territorios. Lo decisivo no es la tecnología en sí, sino la lógica que la orienta: en lugar de imponer sistemas de gestión diseñados externamente, el proyecto funciona, en palabras de sus coordinadores, según una lógica "de abajo hacia arriba", donde son los propios monitores indígenas quienes recopilan los datos, detectan las amenazas y deciden cómo actuar. Lo que respeta la autonomía de las poblaciones tradicionales e indígenas y su autodeterminación. 

La pregunta que lanza Hui resulta, en este contexto, irreducible: ¿quién define qué es una tecnología buena, para quién, y bajo qué concepción del mundo? Mientras no abramos esa pregunta a voces que vengan de fuera del canon occidental, seguiremos respondiendo a los problemas del universalismo con más universalismo. Quizás la crisis del futuro no sea tanto una crisis de recursos técnicos como una crisis de imaginación. Y si es así, el Sur tiene mucho que decir.

Fuentes: 

Hui, Yuk. «¿Qué comienza después del fin de la Ilustración?». En: Fragmentar el futuro. Buenos Aires: Caja Negra, 2020. 

RAISG (2021). Monitores indígenas de seis países amazónicos protegen sus territorios con el uso de tecnología. Disponible en: https://www.raisg.org/en/radar/monitores-indigenas-de-seis-paises-amazonicos-protegen-su s-territorios-con-el-uso-de-tecnologia/

Mejía, D., y Saavedra, M. (2022). Inclusión financiera en América Latina: ¿qué tanto hemos avanzado? CAF – Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe.


Foto de portada: reinterpretación de la estatua Faune Dansant de Lequesne donde, entre bordes que se deconstruyen en píxeles, brota una cascada de vegetación y datos vibrantes.

Sobre Óscar

Es filósofo, asesor estratégico y profesor de ética del diseño y de la tecnología. Analiza las dimensiones éticas y políticas de la innovación tecnológica y su impacto en la sociedad contemporánea y cultura digital.

Conecta con Óscar