Resistir es acuerpar

Frente al desgaste proveniente de la violencia, el miedo y la fragmentación, las resistencias feministas latinoamericanas proponen volver al cuerpo, al encuentro y a la acción colectiva como formas concretas de sostener la vida y ensayar otros futuros posibles.

Resistir es acuerpar

Praxis feminista para encarnar futuros posibles

Por Lucila Rozas Urrunaga

Vivimos un tiempo marcado por la fragmentación, el miedo y la violencia extrema. Estas condiciones no solo producen parálisis, sino que favorecen la normalización de un desgaste progresivo de los marcos mínimos que sostienen la vida y la protección de los derechos humanos, tanto a escala local como global. Las redes sociales, que en otros momentos funcionaron como espacios de conexión política y circulación de luchas (desde la Primavera Árabe hasta Ni Una Menos, a nivel local y transnacional) hoy participan activamente en este proceso de desgaste. La circulación constante de imágenes de violencia genera saturación, vacía de sentido la experiencia y dificulta transformar lo que vemos en acción colectiva. El resultado es una sensación extendida de abandono, un aislamiento de nuestras comunidades producido por el agotamiento y una descomposición cada vez más profunda del tejido social.

Del desgaste de la vida a la pedagogía del miedo

Para las mujeres y disidencias que habitamos y nos enunciamos desde los territorios del Sur, esta forma de gobernar no es nueva. La conquista violenta de territorios -y de cuerpos entendidos como territorios- ha sido una tecnología central del patriarcado y del colonialismo, dos ejes estructurales de la precarización de la vida para la mayoría global[^1,2]. Lo que distingue al momento actual es la expansión de esta lógica hacia otros cuerpos y espacios, más allá de las personas feminizadas. La pedagogía de la crueldad y del miedo[1] se ha ido generalizando, intensificando una política de fragmentación orientada a aislar, desgastar y desactivar la posibilidad de una acción colectiva sostenida en el tiempo.

Acuerparse: el cuerpo como práctica política colectiva

Frente a este escenario, las resistencias feministas latinoamericanas continúan produciendo respuestas desde la práctica. Desde la irrupción de Ni Una Menos en 2015 (cuya genealogía se extiende mucho más atrás), una pluralidad de movimientos ha situado el cuerpo en el centro de la acción política, no solo como herramienta de denuncia, sino como espacio de recomposición de vínculos, memoria y sentido. Estas prácticas no se limitan a la consigna ni al momento excepcional de la protesta, sino que se sostienen en el tiempo. Construyen espacios acuerpados donde experiencias individuales de violencia y precariedad se inscriben en una memoria colectiva en disputa, capaz de sostener procesos de largo aliento y de entrelazar vidas, historias y luchas en común.

El feminismo que emerge de estas experiencias no opera como una estructura homogénea ni como una ola efímera, ni se alinea con las lógicas neoliberales que priorizan el éxito individual (el “romper el techo de cristal”) o la mera visibilidad mediática a través de políticas de representación. Más bien, se configura como una marea que aparece y se reconfigura en distintos territorios, adaptándose a contextos sociopolíticos diversos sin perder continuidad[2]. Su propósito no es solo denunciar, sino agitar el status quo para hacer la vida más vivible para todas, todos y todes. En América Latina, las movilizaciones feministas han ampliado el marco desde el cual se nombra la violencia patriarcal, conectando los feminicidios visibles con formas cotidianas de violencia que atraviesan cuerpos, territorios, economías y memorias políticas. De esta articulación emerge el reconocimiento de un territorio común, compartido por cuerpos vulnerados, pero también profundamente interdependientes y resilientes.

Hablar de cuerpo, en este contexto, no es una metáfora retórica. Es una forma concreta de hacer política desde lo común y desde el contacto. Desde las emociones, las sensaciones y las relaciones corporales que permiten transmitir, sedimentar y actualizar repertorios de lucha. La performance ocupa aquí un lugar central, no solo como forma expresiva o estética, sino como práctica política situada:un dispositivo que activa la memoria, intensifica la indignación y organiza los afectos necesarios para la formación de colectividades fuertes y duraderas. Al poner el cuerpo en escena, estas prácticas producen reconocimiento, reinscriben historias silenciadas y sostienen una continuidad activa entre pasado, presente y futuro.

Encuentro, digitalidad y futuros en ensayo

Estas resistencias se despliegan en un entorno profundamente atravesado por la digitalidad. Las plataformas amplifican imágenes, performances y demandas, pero también descomponen los procesos colectivos, exponen a nuevas formas de vigilancia y victimización, y exacerban conflictos internos. El mismo espacio que permite que una acción performática circule ampliamente y se extienda más allá de los núcleos activistas puede desgastar el tejido colectivo mediante ataques, desinformación y violencia simbólica, que con frecuencia deriva en violencia física. Esta tensión no es accidental: responde a una lógica estructural que privilegia la visibilidad fragmentada y la economía de la atención por sobre la solidaridad sostenida. Frente a ello, la insistencia en el encuentro corporal, en la acción compartida y en la construcción de espacios físicos de convivencia se vuelve central para la continuidad del movimiento. Aunque la acción sea efímera, el encuentro tiene la potencia de generar réplicas y resonancias extendidas que permiten sostenernos mutuamente en contextos desoladores.

Cuando los Estados responden con represión, mediante la militarización de las calles o la criminalización de artistas y activistas, lo que se busca desarticular no es solo un cuerpo individual, sino un ensamblaje colectivo que desafía la división impuesta desde arriba. En este contexto, la persistencia feminista en ocupar plazas, cantar, bailar y sostener espacios de encuentro más allá de la protesta se convierte en una práctica política fundamental. Estos espacios acuerpados permiten ensayar, en el presente, formas de vida que no se organizan únicamente desde el miedo o la supervivencia, sino desde una esperanza crítica capaz de imaginar futuros distintos sin negar la violencia actual ni los retos que impone nuestra propia supervivencia[3].

Las resistencias acuerpadas no expresan una nostalgia de la calle ni una idealización de lo presencial. Son respuestas situadas a un mundo que intenta desarticular los vínculos a través de la violencia, el aislamiento, la saturación mediática y la hipervigilancia. Volver al cuerpo, como experiencia vivida y compartida, es hoy una de las formas más concretas de sostener lo común, de mantener abiertas las posibilidades de acción colectiva y de encarnar (y ensayar), aquí y ahora, otros futuros posibles.


  1. Segato, R. L. (2016). La guerra contra las mujeres (Primera edición). Traficantes de Sueños. ↩︎

  2. López, M. P. (2020). Not one less: Mourning, disobedience and desire (F. Riddle, Trans.). Polity Press. ↩︎

  3. Muñoz, J. E. (2020). The Sense of Brown (J. Chambers-Letson & T. Nyong’o, Eds.). Duke University Press. https://doi.org/10.1215/9781478012566 ↩︎


Foto de portada cortesía de Rocío Farfán.

Sobre Lucila

Candidata doctoral en la Annenberg School for Communication de la Universidad de Pensilvania. Su investigación explora la producción de conocimiento feminista transnacional en Sudamérica, centrando el arte, el activismo de base y las prácticas corporizadas como formas de resistencia. En 2024, coorganizó el simposio Transnational Feminist Networks y cocuró la exposición Present Futures: Experiments in Feminist Futurity, una muestra dedicada a imaginar futuros feministas. Su proyecto ContraArchivx, financiado por the Sachs Program for Arts and Innovation, busca construir un archivo participativo de la resistencia feminista en Perú a través de la colaboración con artistas y activistas feministas. El trabajo de Lucila vincula la academia con el compromiso público, centrándose en los saberes no institucionales como caminos hacia la liberación colectiva.

Conecta con Lucila