Cartografías del Desvío
Alex Hernández, desde el Sur
¿Qué implica imaginar desde los márgenes? Cartografías del Desvío es un formato de entrevistas breves pero significativas, que buscan balancear profundidad crítica con humanidad, desde una mirada situada en el Sur y para el Sur.
En esta conversación con Alex Hernández, hablamos sobre los caminos que la llevaron a elegir la defensa de los derechos como forma de vida y de trabajo. A partir de experiencias personales, lecturas y aprendizajes, Alex reflexiona sobre el cuidado, la creatividad y la responsabilidad de sostener lo que se construye colectivamente.
¿Qué historias, personas o territorios marcaron tu mirada sobre el futuro?
Creo que, sinceramente, lo que más me marcó fue la primera marcha en la que participé. Se llamó Marcha por la Igualdad, y sucedió en un contexto específico en Perú, cuando se propusieron los proyectos de ley sobre la unión civil. Yo estaba atravesando un momento un poco complicado a nivel personal: a pesar de que era abiertamente bisexual, salía solo con chicos porque no había visualizado tener un proyecto de vida con alguien que no fuera un hombre. Me decepcioné de una persona con la que salía y quise alejarme de los espacios heterosexuales, así que asistí junto a un amigo a esa marcha, en un intento de conectar con mi identidad.
Cuando llegamos a la Plaza San Martín en Lima, me puse a llorar. Ver a tanta gente, a tantos aliados y con tanta convicción sobre la igualdad, fue algo que nunca había experimentado. No sabía que existía un poder así, un movimiento… no tenía idea de activismo, de nada, sinceramente.
A partir de ese momento entendí que no quería apartarme de ese espacio, que el activismo social estaba en mí, y que debía profundizar en él. La gente que organizaba esas marchas luego fundó Más Igualdad: estaban Cathe, Gabriela, Pilar, Liliana y otras compañeras. Y ellas me invitaron a formar parte de la organización una vez que se fundó formalmente en 2017. Para entonces, yo ya había empezado a escribir sobre el tema y ganar visibilidad. Muy rápidamente, empecé a exponer mi identidad como bisexual en espacios LGTBIQ, donde sabía que era más probable que encontrara una chica que me gustara u otra persona que no fuera un hombre heterosexual. Y sucedió, claro, y eso me impulsó a plantearme un proyecto de vida que no pensé fuera a ser posible. Además, el fallecimiento de uno de mis mejores amigos me confrontó con la realidad de que, más allá de lo bonito del movimiento, los estigmas siguen afectando gravemente a las personas. La salud mental sigue siendo un problema, y eso me llevó a acercarme al movimiento desde una perspectiva más amplia.

¿Cómo entiendes el rol del diseño y la innovación en los países del Sur Global?
Creo que gran parte del impulso del diseño y la innovación en el Sur Global tiene que ver con la creatividad. De alguna manera, hasta de forma “perversa”, porque muchas veces pensamos en la creatividad como algo idealizado: tener el espacio y el tiempo para pensar. Pero debido a la escasez de recursos, esos espacios son limitados.
Hablo desde Latinoamérica, pero también lo he visto en África, en movimientos de derechos humanos: la precarización es real. Ser creativo en esas condiciones es complejo; pensar en nuevas formas de ver el futuro -sostenibles y distintas- es un desafío cuando estás ocupado con otras cosas.
Creo que mucho del diseño y la innovación en estos contextos surge de la resiliencia: usar lo que tenemos ahora y sacarle el máximo provecho. Dentro de la marginalización y los recursos limitados, las organizaciones tenemos que preguntarnos: ¿cómo hacemos eficiente lo que tenemos? ¿Cómo evitamos sobrecargarnos? Porque uno de los grandes enemigos de la creatividad y la innovación es el burnout, y los problemas de salud mental relacionados con el trabajo y la sobrecarga son reales.
¿Hay una pregunta que siempre estás intentando responder con tu trabajo?
Sí. Siempre tengo una pregunta tanto sobre mi trabajo como sobre mi práctica profesional: ¿cómo hacemos más vivible el mundo que tenemos?
Es una pregunta con un lado pesimista, pero muy realista: El mundo que tenemos ahora es con lo que contamos. Sí pienso en el futuro, pero no de manera idealizada; busco que mi trabajo responda a lo concreto, al presente. ¿Cómo puedo impactar la vida de las personas ahora para que sea más vivible?
Esto implica recuperar espacios y lugares que nos han sido arrebatados, hacer eficientes los proyectos y el equipo que tenemos, y permitir que cada persona brille en lo que hace. No es solo placer o disfrute inmediato, sino un impacto tangible y adaptado a la diversidad de formas de vivir, expresar y disfrutar la vida.
¿Cuál crees que es el mayor malentendido de la humanidad?
Creo que el mayor malentendido es el binarismo. Desde mi formación y especialización como psicóloga, me interesa entender el comportamiento humano y las expresiones diversas de la sexualidad y la identidad. El binarismo nos hace pensar que las cosas están polarizadas: si soy hombre, no soy mujer; si soy heterosexual, no soy homosexual. Uno excluye al otro.
Esto también pensamos que ocurre a nivel biológico, hormonal, genético y corporal. Es una forma de economizar: nos comunicamos generando etiquetas y categorías para facilitar el entendimiento, pero este comportamiento crea divisiones.
Si comprendiéramos que esa polarización es solo un recurso lingüístico y cognitivo y no la forma en la que la naturaleza se presenta, entenderíamos que la realidad no es necesariamente “esto o aquello”. La mayoría de situaciones permiten la coexistencia de elementos opuestos, y eso, aunque complejo, es también hermoso.
¿Y la mayor conspiración?
La religión, la cual es, en sí misma, un sistema político: ambas son mecanismos de control de la población, pero en las religiones se usan mucho las emociones como el amor y el miedo, para instigar ideas como el pecado, el perdón, o la familia, estableciendo así una jerarquía de poder e influencias. Para mí, la religión y la fe o espiritualidad son diferentes, una es un sistema político, la otra es un derecho humano, en muchos casos una necesidad.
¿Qué conversaciones aún faltan en las mesas donde se toman decisiones?
Falta mucha autocrítica. Es difícil en un mundo dominado por la masculinidad, que es en sí misma competencia y jerarquía. Incluso las mujeres que entran a estos espacios, se masculinizan porque es la forma y la dinámica de los espacios de poder. Los espacios de toma de decisión suelen estar marcados por la competencia, hay un ganador o perdedor. La socialización masculina tiende a priorizar la competencia sobre la colaboración. No son en sí los hombres, sino la interiorización de la socialización masculina, donde el éxito es el sometimiento y el afecto queda de lado. La masculinidad es muy “hacia afuera” por eso creo que en espacios dominados por hombres, con poca diversidad de género y racial, no hay mucha autocrítica, pues eso implica mirar hacia adentro.

¿Cómo puede la práctica de tu profesión incomodar las estructuras de poder actuales?
Mi profesión, la psicología, pero también mi trabajo en Más Igualdad, puede incomodar mucho, porque buscamos visibilizar lo que se considera “no natural” o “anormal”, cuestionando normas y estructuras. La visibilidad de las personas LGTBIQ ya incomoda por sí sola, y nuestro trabajo se enfoca en insertarnos en diversos espacios como iguales, ejerciendo ciudadanía, aportando opiniones sobre todos los temas y demostrando que las personas LGTBIQ también forman parte activa de la sociedad.
Reconozco que esto viene desde un lugar de privilegio: acceso a información y formación que no todos tienen. Por eso nuestra responsabilidad es usar ese privilegio para posicionarnos y generar incomodidad constructiva desde el lugar en el que estamos. Otros grupos y defensores se posicionan desde otro lado y está bien. Todos incomodamos, pero algunos no lo hacemos de manera tan evidente, y desde mi profesión y mi forma de ser, mi forma de incomodar es hacer creer que pienso lo mismo para luego hacer inevitable mi divergencia.
¿Qué riesgos estás dispuesta a tomar hoy en tu trabajo?
Es una pregunta complicada, porque siento que antes tomaba muchos más riesgos, cuando tenía menos que perder, por decirlo así. Cuando no había algo que cuidar: mi trabajo, la organización, mi salud mental.
Hoy, por un lado, hay claramente más que perder. Se ha construido algo y el temor a perderlo es mayor que antes. Pero, al mismo tiempo, siento que ahora hay ciertos riesgos —entre comillas— que sí me permito tomar, y tienen que ver con la confianza que he ganado en lo que sé hacer. No solo porque confíe más en mí, sino porque lo he visto en acción: he visto cómo las ideas que tengo se convierten en acciones concretas, con impactos directos e indirectos, pero muy reales. Eso me ha dado mucha seguridad sobre mis capacidades para este tipo de trabajo.
Los riesgos que me permito hoy tienen que ver con salir de mi zona de confort, yo como Alex, y entrar en otros rubros, otros temas. Volver a aprender, volver a capacitarme, volver a retarme para ver si otras ideas que tengo también pueden asentarse y sostenerse, como las que ya vengo trabajando. Es, de alguna manera, salir del mundo del movimiento LGTBIQ para entrar en otros campos que me reconectan con mi profesión, que es la psicología.
Durante mucho tiempo pensé que me estaba escapando de la psicología para entrar a otro mundo, pero en realidad me veo volviendo, integrándolo todo.
Otro riesgo que asumo hoy tiene que ver con lo que la gente pueda pensar. Como equipo —y yo lo veo muy claramente en mí— hemos madurado la idea de que no tenemos por qué resolverlo todo ni representar a todas las personas. Hemos hecho las paces con eso. Vamos a seguir enfocándonos en la forma en la que sabemos que podemos hacer bien las cosas, reconociendo que somos solo una parte de un ecosistema mucho más amplio.
También nos arriesgamos a no cumplir las expectativas de todas las personas, porque eso simplemente no es posible. Muchas veces, al intentar satisfacer todas las expectativas, terminamos perdiéndonos a nosotros mismos. Hoy me arriesgo —y nos arriesgamos— a mirar un poco más hacia adentro.
Un libro que te hizo cambiar de opinión
Desde que me interesé en estos temas, alrededor de 2013 o 2014, empecé a acercarme a la sexualidad, la diversidad y las diferencias entre hombres y mujeres desde la ciencia. Mi camino hacia el feminismo y el movimiento LGTBIQ no viene tanto desde el campo social, porque yo era bastante escéptica del feminismo en ese momento, sino desde las ciencias del comportamiento y las ciencias médicas.
Ese enfoque científico suele estar muy ligado a la patologización, al trastorno, a la enfermedad, y yo entré cuestionando justamente eso. Me acerqué a las neurociencias y a disciplinas que hacían una autocrítica de su propia herencia patologizadora. Muchas de esas críticas venían de científicas mujeres, y fue desde ahí que empecé a vincularme con estos temas. A través de la ciencia llegué al feminismo. Por eso mi mirada dentro del movimiento es crítica. Me reconozco parte de él, pero creo que aún nos falta tender más puentes hacia la evidencia empírica y científica que existe y que, de hecho, muchas veces respalda lo que defendemos. Yo vengo de la academia y soy una persona bastante racional, así que necesito esa sistematización.
Un libro clave para mí fue Delusions of Gender de Cordelia Fine, una psicóloga experimental. Es un tratado que cuestiona sólidamente la idea de que hombres y mujeres son biológicamente distintos, especialmente a nivel cerebral. Yo estaba estudiando una maestría en neurociencias cuando lo leí, y fue muy revelador ver cómo en la universidad se seguían enseñando teorías antiguas sin cuestionarlas. Ese libro me impulsó a ser incómoda en clase y a entender que no podemos esperar que la academia nos dé todas las respuestas: hay que buscarlas, y si no existen, crearlas.
Hoy tengo una biblioteca muy grande sobre neurociencias, que es uno de los temas que más me apasiona y que, finalmente, me llevó al feminismo y al activismo. Porque el movimiento feminista trabaja mucho desde la experiencia personal y colectiva, mientras que la ciencia aborda estas cuestiones desde un análisis clínico y sistemático. Yo necesito ambas miradas.
Actualmente estoy leyendo Mujeres y niñas en el espectro autista, de Sarah Hendrickx. Es un libro sobre el autismo en mujeres y personas LGTBIQ. Me está generando una sensación muy parecida a la que tuve con Cordelia Fine: este quiebre que tiene que ver con entender el neurodesarrollo, la neurodiversidad y a las personas neurodivergentes. Mi cabeza está constantemente conectando estas ideas con todo ese despertar que tuve respecto al género, porque los paralelismos son enormes.
Los libros que más me han marcado son los que me han permitido entenderme a mí primero y, a partir de ahí, entender mejor a los demás.
Una idea que estás dejando atrás
La idea de que lo más importante de mi vida y de mi trabajo debe ser el sacrificio absoluto por un ideal.
Hoy creo que lo más importante es sentirse bien, sentirse feliz y hacer la vida más vivible. No desde un lugar individualista o egoísta, sino desde la comprensión de que, para poder sostener un ideal de cambio social, el desmantelamiento de las estructuras dominantes, hay que ser sostenible emocionalmente.
He visto a muchos activistas jóvenes entregarlo todo y quemarse en el camino, hasta abandonar el movimiento. Yo no quiero dejar lo que hago, pero para mantenerme en esto necesito cuidarme. Mi salud mental, mi familia, mi pareja, mis momentos de ocio, de risa y de descanso no son secundarios: son prioritarios.
Veo también activistas mayores con problemas de salud física y mental derivados de no haberse cuidado. Escucharles decir que antes no se hablaba de salud mental me confirma que mi generación —y en particular mi organización— está haciendo algo distinto. El autocuidado es un tema cotidiano para nosotras.
Ya no romantizo la idea de entregarlo todo a costa de uno mismo.
Una frase que te acompaña cuando todo tiembla
No es tanto una frase, pero sí una idea que repito mucho: el activismo es afecto.
La palabra “lucha” no me resuena, porque me remite a la guerra, a ganadores y perdedores, al romanticismo de ser un mártir que se sacrifica por un ideal. Prefiero pensar el activismo como afecto, porque eso es lo que he encontrado yo en este camino: amor, amistad, cuidado, comunidad, validación.
Por eso no hablo de una sola comunidad LGTBIQ, porque somos muchas comunidades dentro de un colectivo diverso, y lo que las sostiene es el afecto. El activismo es una forma muy profunda de amor propio y colectivo.
Eso es lo que me acompaña cuando todo tiembla: la idea de que lo que hacemos debe crear espacios donde las personas se sientan respetadas, queridas, entendidas, reconocidas y validadas.

¿Qué pregunta no te hicimos y te hubiera gustado responder?
Tal vez no me preguntaron por qué sigo eligiendo esto y no otra cosa. Y es una pregunta importante, porque tengo la suerte de contar con herramientas que me permitirían cambiar de rubro, especializarme en otra cosa, buscar otro tipo de trabajo o, incluso, irme del país.Vivir en Perú es muy agotador para todos, pero no todas las personas pueden permitirse considerar irse, porque no tienen acceso a las oportunidades que tengo yo por ser quien soy. Eso es profundamente injusto.Yo sigo eligiendo esto porque lo que hago se adapta profundamente a lo que necesito para hacer mi vida más vivible. Necesito autonomía, sentido y coherencia. Mi trabajo me permite crear, diseñar, decidir cómo hacer las cosas. Y, sobre todo, me permite sentir que lo que hago importa.
No estoy atendiendo directamente en un consultorio, pero hago posible que existan esos espacios, que haya recursos, que se pague a profesionales y que tengan las herramientas para dar un trato digno. Yo sé cuáles son mis habilidades: buscar fondos, diseñar proyectos, pensar estrategias, usar los recursos de forma creativa y eficiente. Convertir ideas en realidades sostenibles. Eso me alimenta. No solo ver a las personas beneficiarse o haciendo uso de los proyectos y servicios que en algún momento puse en papel, sino también ver a mi equipo crecer, sentirse valorado, lograr cosas, brillar en lo que hacen bien, eso me nutre también muchísimo, porque también son personas LGBTIQ+ que en algún momento pensaron que no iban a poder vivir de lo que les gusta, o estar en un entorno laboral afirmativo. Ver cómo eso impacta en la vida de otras personas le da un sentido profundo a lo que hago.
Podría hacer otra cosa, sí. Pero siento que aquí todo lo que soy y sé hacer se multiplica. Por eso sigo eligiendo este camino.
Si UNTOLD.ink fuera una constelación de personas y saberes, ¿qué rol te gustaría ocupar?
No soy muy buena con las metáforas, pero me gusta ocupar un rol estratégico: escuchar a las personas, recoger ideas y transformarlas en algo realizable.
Hoy, con la experiencia que tengo, puedo reconocer que he llevado adelante muchos proyectos exitosos, cumpliendo lo esperado y generando impacto tangible. Ya no tengo miedo de reconocer lo que hago bien y lo que hago mal. Me faltan muchas herramientas para estructurar mejor mi trabajo (y mi vida), pero hay algo en mí que hace que las cosas pasen.
Me gusta estar en un lugar donde puedo combinar las ideas de otros con las mías y convertirlas en algo viable, humano y concreto. Ese es el rol que más me representa ahora.
Fotos cortesía de A. Hernández.

Sobre Alex
Psicóloga e Investigadora en temas de diversidad sexual, violencia basada en género y salud mental. Ha trabajado en el sector público y privado, liderando estudios sobre violencia, salud mental y migración de personas LGBTIQ+. Además, tiene experiencia fortaleciendo capacidades de activistas y profesionales de salud en enfoque afirmativo, género y derechos humanos. Es autora del libro “República de Invisibles: Políticas, ciudadanía y activismos LGBTIQ”, publicado en el 2022, en el marco del Bicentenario del Perú. Actualmente se desempeña como Directora Ejecutiva de la organización Más Igualdad Perú, donde lidera un equipo de profesionales y activistas a cargo de la creación y ejecución de diversos proyectos para la promoción y defensa de los derechos de las personas LGBTIQ+.
Visita la web de Más Igualdad