La sociedad del cansancio

La sociedad del cansancio

Cuando darlo todo no es suficiente

Por: Cristian Situ Sánchez

Empecé a trabajar en mis últimos ciclos universitarios, realizando prácticas en periodismo. El ritmo era intenso y constante: tareas que se acumulaban, responsabilidades nuevas cada día y la sensación de que nunca era suficiente. Aprendí rápido que darlo todo no garantizaba reconocimiento ni alivio; siempre había algo más por hacer, siempre un estándar inalcanzable que perseguir.

Luego llegaron las startups. Ese ritmo intenso se volvió desmedido: días largos, proyectos que se multiplicaban sin priorización alguna y la expectativa implícita de estar disponible casi todo el tiempo. Si te desconectabas, aunque solo fuera por un momento, sentías el juicio silencioso de tus compañeros. Más tarde, en la etapa corporativa, el entorno cambió de forma, pero no de fondo. Frases como “hay que dar el 110 por ciento” o “ponerse la camiseta” flotaban en el aire, y aún cumpliendo, nunca era suficiente. La libertad prometida de elegir se volvía un mandato de maximizar, y el agotamiento, inevitable.

Estas experiencias me llevaron a reflexionar sobre lo que el filósofo surcoreano Byung-Chul Han describe en su ensayo La sociedad del cansancio (2024)*. Han sostiene que vivimos en una sociedad caracterizada por un exceso de positividad, la desaparición de la negatividad y la presión constante por rendir. Nuestra obsesión por producir y lograr nos ha llevado a un “infarto” interno, más que a una infección externa: un bloqueo que genera depresión, burnout y otras enfermedades neuronales.

De la amenaza externa al agotamiento interno

En épocas anteriores, lo que más amenazaba a la sociedad era lo “otro”: lo extranjero, lo diferente, lo extraño. La disciplina y la prohibición funcionaban para proteger a la comunidad, y la negatividad; el “no hagas esto”, estructuraba la vida social. Hoy, sostiene Han, la amenaza no viene de afuera, sino de dentro. La otredad ha desaparecido y la diferencia ha reemplazado a lo extraño: el otro ya no nos inquieta, ahora es turista, consumidor o colega. La tensión que generaba la diferencia se ha diluido, y con ella la oportunidad de confrontar y reflexionar sobre lo que nos desafía.

Este cambio marca la transición de la sociedad disciplinaria, estudiada por Foucault, a la sociedad del logro. Antes, se nos gobernaba desde afuera con prohibiciones y normas claras; ahora nos gobernamos a nosotros mismos, autoexplotándonos bajo la ilusión de libertad. Cada “sí puedo” es una forma de autoimposición, y la presión por maximizar se convierte en norma, no en excepción.

La sociedad disciplinaria se basaba en límites claros: cárceles, hospitales, escuelas y fábricas establecían lo que estaba permitido y lo que no. Las prohibiciones moldeaban el comportamiento y distribuían roles. La sociedad del logro, en cambio, nos invita a producir sin límites. La norma ya no dice “no hagas esto”, sino “sí, puedes hacerlo todo”: trabajar horas extra, emprender proyectos paralelos, estudiar cursos, crear contenido, participar en redes sociales. El resultado es una libertad que encadena, un mandato de productividad disfrazado de autonomía.

La libertad que agota

En la sociedad del logro, cada individuo se convierte en un emprendedor de sí mismo. La autoexplotación no es un accidente: es el corazón del sistema. Podemos trabajar horas extra, emprender proyectos paralelos, producir contenidos y cumplir expectativas personales y externas, todo bajo la premisa de que estamos libres para hacerlo. Sin embargo, cuanto más libres creemos ser, más nos limitamos, atrapados en lo que Han llama la “restricción libre del rendimiento”: la presión por maximizar se disfraza de libertad y termina asfixiándonos aún más.

A esto se suman factores externos que intensifican el desgaste: jefes tóxicos y explotadores, colegas con malas intenciones que solo buscan su propio beneficio, o personas que nos hacen daño sin razón aparente, bajo el clásico lema de “no es personal, son negocios”. Y sí, en parte es cierto: muchas veces estas dinámicas responden a un sistema insostenible, donde comportarse de esta manera parece ser la única forma de avanzar. La presión no proviene solo de nosotros mismos; también es reforzada por estructuras sociales y laborales que perpetúan la autoexplotación.

Mi experiencia confirma esto. En prácticas, startups y corporativa, la exigencia constante no provenía únicamente de mí; también sentía el peso de un entorno que premia la competitividad extrema y la disponibilidad absoluta. La ilusión de autonomía escondía la realidad: cuanto más podía hacer, más debía hacer, y cuanto más intentaba cuidar mis límites, más fricción generaba. La autoexplotación se convirtió en norma, y el agotamiento, en un compañero silencioso.

Hiperatención y multitasking: la superficie que reemplaza la profundidad

Byung-Chul Han analiza cómo la sociedad del logro afecta nuestra economía de atención. La sobreabundancia de estímulos genera hiperatención, un estado en el que percibimos mucho, pero superficialmente. Multitasking, doom scrolling notificaciones, correos, mensajes: reaccionamos a todo sin sumergirnos en nada.

Paradójicamente, esta hiperactividad genera pasividad. La acción dispersa, reactiva y sin pausa nos impide decidir, reflexionar y actuar de manera auténtica. Cada persona lleva un “campo de trabajo” interno que mantiene vigilancia constante, agotando la capacidad de atención profunda y la contemplación, habilidades esenciales para la creatividad, la reflexión y la experiencia humana plena.

También es importante la comparación que hace entre este estado con la vigilancia de un animal salvaje: atentos a todo lo inmediato, incapaces de concentrarnos en lo esencial, atrapados en la urgencia y la fragmentación. El multitasking, lejos de representar progreso, es una regresión: nos impide la inmersión contemplativa que nos permitiría asombrarnos y comprender lo que nos rodea.

Dos formas de cansancio

Acá es importante diferenciar lo que Han define como cansancio solitario y cansancio elocuente o reconciliador:

El cansancio solitario es divisivo, aislante, fragmenta la percepción y destruye la comunidad. Es el agotamiento que produce la autoexplotación y la obsesión por el rendimiento. Nos desconecta de nosotros mismos y de los demás. Por otro lado, el cansancio elocuente surge de la actividad significativa o colectiva, y permite recuperar energía, reflexionar y conectar. Este tipo de cansancio profundo es creativo y reparador; promueve cohesión social y humanidad.

Estos últimos años, aprendí a valorar el cansancio reconciliador: caminar por la ciudad, compartir tiempo con mi familia, dedicar tiempo a proyectos personales sin presión externa ni interna. Son espacios donde el cansancio deja de ser destructivo y se convierte en fuente de sentido y renovación.

El agotamiento como síntoma social

Las nfermedades como la depresión o el burnout no son problemas individuales aislados ni únicamente biomédicos. Son síntomas sociales, resultado del mandato de maximizar, producir y rendir constantemente. La sociedad nos empuja a ser sujetos del rendimiento: nos autoexplotamos, creemos que estamos libres, pero en realidad estamos atrapados en un ciclo infinito de productividad.

Este fenómeno tiene consecuencias profundas: afecta la creatividad, debilita la comunidad, destruye la percepción profunda y fragmenta la experiencia cotidiana. La fatiga no es solo física: es mental, emocional y social. Y, a menudo, la ignoramos porque la cultura contemporánea celebra la eficiencia y la capacidad de hacer mucho, incluso cuando lo hacemos mal o de manera superficial.

Hacia un estilo de vida sostenible

La sociedad del cansancio no es solo un diagnóstico: es un desafío. Nos invita a cuestionar cómo medimos el éxito, cómo trabajamos, qué expectativas nos imponemos y cómo nos relacionamos con nuestro tiempo. En un mundo que celebra la productividad infinita, detenerse no es debilidad: es resistencia.

Mi transición personal me enseñó que la fatiga no es sólo individual, sino estructural. La sociedad nos empuja a ser más, dar más y producir más. Sólo comprendiendo esta fatiga podemos imaginar otra forma de vivir: más consciente, equilibrada y humana. Aprender a escuchar, descansar y poner límites no es un lujo; es un acto de cuidado propio y una forma de recuperar lo que el exceso de positividad nos ha arrebatado.

En un mundo donde todo debe poder hacerse y nada alcanza, detenerse permite recuperar sentido, conexión y libertad. Solo así podemos aspirar a vivir sin ser consumidos por la sociedad del rendimiento y construir una vida que valga la pena habitar.


*Esta es la 4ta edición del ensayo.

Foto de portada cortesía de Mike Chai

Sobre Cristian

Especialista en innovación, diseño de productos digitales y gestión de proyectos con más de 15 años de experiencia. Apasionado por el liderazgo, la educación y el diseño centrado en las personas. Ha trabajado como Education & Product Manager en Crehana y como Head of Product en Colectivo23, plataforma educativa de Intercorp. Actualmente es Líder de Innovación & Estrategia en Más Igualdad Perú, así como Co-Director Ejecutivo y Fundador de Sur Global, una iniciativa sin fines de lucro para impulsar la innovación responsable en LATAM. Además, ha colaborado como consultor con organizaciones como UNICEF, Volvo y el Ministerio de Educación del Perú.

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